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La voz a ti debida

la voz a ti debida

 

Título: La voz a ti debida.

Autor: Pedro Salinas.

Año de edición: 1933

Época literaria: Generación del 27.

Género: poesía.

Tema: amor.

Valores: amor.

La forma de querer tú

es dejarme que te quiera.

El sí con que te me rindes

es el silencio. Tus besos

son ofrecerme los labios

para que los bese yo.

Jamás palabras, abrazos,

me dirán que tú existías,

que me quisiste: jamás.

Me lo dicen hojas blancas,

mapas, augurios, teléfonos;

tú, no.

Y estoy abrazado a ti

sin preguntarte, de miedo

a que no sea verdad

que tú vives y me quieres.

Y estoy abrazado a ti

sin mirar y sin tocarte.

No vaya a ser que descubra

con preguntas, con caricias,

esa soledad inmensa

de quererte sólo yo.

La voz a ti debida es un libro de amor. Las poesías son muy cortitas y ninguna tiene título, como si se siguieran una a otra, como si fueran el mismo discurso. Es un largo poema de amor, en el que Salinas se dirige continuamente a ella en una segunda persona muy íntima.

El lenguaje de Salinas es muy sencillo, muy transparente. Sugiere imágenes nuevas mediante la manipulación del habla cotidiana. Sin complicadas figuras literarias, sin requiebros, nos habla de un tema universal: el amor. Resulta muy sencillo de leer.

En la mayoría de los poemas, Salinas habla de un amor gozoso y correspondido. Pocas hablan del lado más triste del amor: la sensación de soledad, el olvido, etc. En general, es un libro muy delicado y alegre.

La voz a ti debida resulta ideal para quien desee iniciarse en la poesía.

 

Lourdes G. Trigo.

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Cancionero y romancero español

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Título: Cancionero y romancero español

 Autor: varios autores. Recopilación de Dámaso Alonso.

 Año de edición: 1969

 Época literaria: Edad Media, Renacimiento, Barroco.

 Género: poesía.

 Tema: varios.

 Valores: amor, amistad, lealtad, valor.

 

“— ¡Abenámar, Abenámar,

moro de la morería,

el día que tú naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida,

moro que en tal signo nace

no debe decir mentira.”

 El Cancionero y Romancero español recoge toda nuestra primera literatura tradicional. La que va de boca en boca. Recoge los primeros suspiros de amor, las hazañas de nuestros primeros héroes, los primeros cuentos que se cantan.

Dámaso Alonso divide su antología en tres partes: Cancionero anónimo, Cancionero de autores conocidos y Romancero anónimo. En la introducción destaca el recopilador el Cancionero por ser, dice, menos conocido que el Romancero, que se empieza a estudiar desde el siglo XIX. Dedica especial atención a las jarchas, pequeñas composiciones en el dialecto español hablado por los mozárabes que quedaron “congeladas” en grandes poemas árabes y judíos. Son canciones de amor de una mujer a un hombre, canciones al “amigo ausente”. Me parecen deliciosas.

 “¿Qué faré yo o qué serád de mibi?

¡Haribi,

Non te tolgas de mibi!”

(Amigo, ¡no te apartes de mí! ¿Qué haré, qué será de mí si tú me dejas?)

Estos y otros poemas líricos se recogen en el “Cancionero anónimo”

Más tarde, grandes autores conocidos desde el Siglo de Oro, como Góngora o Lope de Vega, hasta el siglo XX, como Lorca, recogen esta poesía popular. Glosan y repiten estas canciones. Son los que Dámaso Alonso recoge en el “Cancionero de autores conocidos”. Como muestra traigo estos delicados versos de Juan dell Enzina:

 Ojos garzos ha la niña:

¿quién ge los namoraría?

Son tan bellos y tan vivos,

Que a todos tienen cativos;

Mas muéstralos tan esquivos

Que roban ell alegría.

 El romance, en cambio, es narrativa en verso. Dámaso Alonso los clasifica por contenido en “histórico-legendario” de tema nacional o extranjero y de “tema novelesco”. El romance es un cuento cantado. Relatan historias sencillas pero con fuerte carácter lírico como El enamorado y la muerte o La doncella que fue a la guerra.

Los romances son también reflejo de los grandes episodios de nuestra historia, especialmente la Reconquista. Grandes héroes y villanos, reyes y traiciones, batallas ganadas y perdidas que se magnifican y se adornan. Son los romances de la destrucción de España por el rey don Rodrigo, de los Infantes de Lara, del cerco de Zamora y del Cid Campeador, y de la conquista de Granada. Se recogen también romances que proceden de leyendas medievales francesas o de la antigüedad clásica.

Mis preferidos, sin duda, son los romances del Cid. Al rey don Sancho lo matan en Zamora y le sucede su hermano don Alfonso. A este le hace jurar el Cid que no tuvo parte en aquella traición. El rey, enfadado, lo destierra un año y el Campeador, tan altivo, le responde así:

 “—Que me place, dijo el buen Cid,

que me place de buen grado,

por ser la primera cosa

que mandas en tu reinado:

tú me destierras por uno,

yo me destierro por cuatro.”

El Cancionero y Romancero español es un elemento vivo. Como recopilación de la tradición oral es corriente encontrar distintas versiones de un mismo romance. Abría esta reseña con unos versos del romance de Abenamar citados tal y como los aprendí de pequeña, recitados por mi madre. Para cerrar, os dejo estos mismos versos en la versión recogida por Dámaso Alonso:

“- Abenamar, Abenamar,

moro de la morería,

hijo eres de perro moro

y de cristiana cativa.

Tu padre llaman Alí

y a tu madre Catalaina.

Cuando naciste

estaba la luna crecida,

y la mar estaba en calma,

viento no la rebullía.

Moro que en tal signo nace

no debe decir jamás mentira.”

 

Lourdes G. Trigo

(dejo aquí el Romancero Viejo en edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

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Rimas

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Título: Rimas.

 Autor: Gustavo Adolfo Bécquer

 Año de edición: 1871

 Época literaria: Romanticismo.

 Género: poesía.

 Tema: poesía, amor, desamor, desengaño, muerte, soledad, olvido.

 Valores: lealtad, sinceridad, amor.

 

Los extravagantes hijos de mi fantasía, duermen por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, esperando en el silencio que el Arte los vista de la palabra, para poderse presentar decentes en la escena del mundo.

Así comienza Bécquer la Introducción Sinfónica a sus Rimas. Justificando tal explosión posterior de sentimientos.

Son poesías cortas, muchas de ellas beben directamente de la popular. Con pocas figuras literarias complejas. No exponen un sentimiento magnificado, casi teatral, como los primeros románticos. Son más bien confesiones en voz baja cargadas de lirismo y sensibilidad. Aunque no confundamos la sencillez con la simplicidad: son versos enormemente trabajados, que cuidan con esmero el ritmo y la sonoridad en todas sus sílabas.

Olas gigantes que os rompéis bramando

en las playas desiertas y remotas,

envuelto entre la sábana de espumas,

¡llevadme con vosotras!

 Las Rimas fueron publicadas por sus amigos, en especial Rodríguez Correa, que agrupa en cuatro partes temáticas los versos que rescató del Libro de los gorriones y de manuscritos del autor.

En la primera parte se habla del amor hacia la poesía, hacia lo imposible, lo intangible. Rimas que hablan de la inspiración fugaz, del deseo de eternidad por medio de las letras, la poesía como vehículo de sus sentimientos más íntimos. El poeta parece sentir lo imposible de reflejar en palabras todo lo que lleva dentro.

 —Yo soy un sueño, un imposible,

vano fantasma de niebla y luz;

soy incorpórea, soy intangible:

no puedo amarte.

—¡Oh ven, ven tú!

 En la segunda parte, su amor deriva de la poesía hacia algo concreto, que describe de mil maneras, que la hace hablar, moverse, bailar: la mujer. Rimas galantes, dulces. Versos que, confieso, fueron los primeros que leí en mi adolescencia.

Por una mirada, un mundo,

por una sonrisa, un cielo,

por un beso… ¡yo no sé

que te diera por un beso!

 A partir de la rima XXX se agrupan aquellas que pasan a hablar del amor no correspondido, de la dignidad herida del poeta, del dolor profundo que siente, que le ha causado ella.

 Pero mudo y absorto y de rodillas,

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido…, desengáñate,

¡así no te querrán!

 Y, finalmente, ese dolor deja paso a la más desesperante angustia. La muerte de su hermano, el abandono de su esposa. La soledad, la muerte y el miedo al olvido son temas recurrentes que a veces se reflejan en los paisajes más románticos: ruinas, monasterios abandonados…

 La piqueta al hombro

el sepulturero,

cantando entre dientes,

se perdió a lo lejos.

La noche se entraba,

el sol se había puesto:

perdido en las sombras

yo pensé un momento:

«¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!»

Los hermanos Álvarez Quintero promovieron la realización de una glorieta conmemorativa a Bécquer en el sevillano Parque de María Luisa. En su inauguración dijeron que (cito de memoria) quedaban con la conciencia tranquila. Que al recitar los versos:

¿Quién en fin al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

¿quién se acordará?

podrían decir con orgullo “¡Nosotros! Nosotros nos acordaremos.” Ojalá cada uno de nosotros, leyendo su poesía, podamos hacer nuestra esa frase.

Lourdes G. Trigo.

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